viernes, 22 de julio de 2011

Entre el piano y mi cerebro

En mi habitación como todos los días de esta última semana, intentando hacer melodías en mi piano viejo y desafinado, mientras pienso cosas que alguien normal no pensaría, mientras cuestiono al amor por ser tan poderoso y sin sentido, mientras valoro al odio por ser tan puro y profundo. De pronto un sentimiento catador de malos presagios se despierta con un palpitar y el silencio atronador que acompañaba cada nota de mi melodía, es interrumpido por tu voz intimidante que dispara una pregunta sin la menor piedad “¿porque haces esto?” Me preguntaste y no supe responder, Intente hacer caso omiso una vez más, pues no es la primera vez que me lo preguntas, ni la ultima que no consigo darte una respuesta digna.
Salgo sin rumbo a caminar con la esperanza de encontrar en esta noche, la inspiración para poder darle un fin a este desvelo, para poder responderte a ti, y a mí mismo también. El guiñar de las farolas, el olor a aceite quemado de los buses, la intermitencia de los semáforos y la notable ausencia de la fauna urbana conforman un cóctel indispensable a la hora de pensar.
¿porque haces esto? pregunto mi cerebro
Porque la quiero – respondí sin dudar
¿porque la quieres? – pregunto presionándome
Porque es diferente
No satisfecho con mi respuesta seso el interrogatorio, y un viento frío y abrumador fue la señal para seguir caminando sin rumbo. Una banca solitaria sale a mi encuentro, me corta el paso y me invita a pensar sobre sus añejas y despintadas tablas. Accedo sin pregonar, enciendo un cigarrillo y mi cerebro dispara sin compasión sobre mí la misma pregunta
¿porque haces esto?
Porque la quiero –  respondí una vez más
¿porque la quieres?
– Porque así lo siento – respondí titubeando
– Es inútil sigamos caminando – delibero el
Al retomar mi camino, me topo con una casa antigua y abandona, llena de grietas, pero con columnas solidas, de la cual salió un perro flaco y pulgoso, con los ojos inundados de tristeza y el amargo reflejo del alto precio que se paga cuando se le confía el corazón a cualquiera. Empiezo a silbar y hacer palmadas suaves para llamar su atención “cuanto me gustan los perros” este se acerca temeroso, pongo mi mano sobre su cabeza y lo acaricio varias veces. Me sorprendo como en poco tiempo toma confianza y mueve la cola en señal de agrado, esto me hace pensar en que somos muy parecidos, a ambos nos basta con sólo una caricia para olvidarnos del pasado y volver a confiar.
– ¿Por qué haces esto? – Indago una vez más mi cerebro
– Creo que ya te puedo responder, ¿recuerdas la casa antigua?
– Sí, que tiene que ver con esto?
– Mucho. Esa casa sigue en pie porque poseer cimientos firmes y lo seguirá estando eternamente sin importar cuantas grietas haya en sus paredes porque la base es sólida.
– No te entiendo ¿A dónde quieres llegar?
–Mis sentimientos por ella tienen bases tan fuertes como los de aquella casa, podrán sus paredes agrietarse pero no se vendrán abajo.
– Entiendo, son cimientos compuestos por: confiar, creer, sentir y dejarse llevar ¿No?
– Exacto.
– ¿No son acaso esas mismas creencias las que llevaron al perro a la desolación? si le prestas atención al pobre por creer y confiar se volvió un desdichado.
– Pero mira como mueve el rabo a la mínima muestra de afecto, esto quiere decir que no existe daño irreparable y que no siempre lo que se ve por fuera es tan malo como parece.
– ¿Me quieres engañar?
– Sus heridas son por vivir y no se puede vivir sin equivocarse, pecar, herir o ser herido. Es la sal de la vida. Mil patadas le han dado y aun así no aprende a desconfiar.
– ¿Es amor?
– Es amor.
– ¿Y qué serias capaz de hacer por ese amor?
– Todo, inclusive aquello que no quiero hacer.
– ¿Incluso alejarte?
– Si…
– Sólo me queda hacerte una pregunta… si esa casa antigua y este perro mal herido se te asemejan ¿En que lo hace este piano viejo y desafinado?
– Este piano viejo es con quien me confieso antes y después de tropezar.
– Entonces aquí te espero.
– Hasta que volvamos a vernos entonces.
– Así es… hasta el próximo tropiezo